Guitarras en Tinta, por Antonio Briceño

“Son coeur est un luth suspendu;
Sitôt qu’on le touche il resonne.”

De Beranger

El de la música es un camino largo, en el que la perfección siempre va un poco adelante, dejándose apenas ver, dejando un rastro para saber hacia dónde ir pero, quizá, nunca dejándonos alcanzarla.

Hace unos años quise comenzar este proyecto llamado “Guitarras del Mundo”, un proyecto de difusión de este hermoso instrumento, unido a mi interés como estudiante de la Guitarra. Desde entonces muchas puertas se han abierto. He tenido la fortuna de conocer a guitarristas de todas partes del mundo, pero especialmente, he podido en muchos casos conocer su lado humano y sus verdaderos motivos para hacer música. Y precisamente esta ha sido una constante en muchos de ellos. El sentir que aún falta mucho para alcanzar la perfección, porque quizá la perfección sea un punto demasiado cómodo que además impide el avance.

En casi todos los casos, la música llegó como un sueño, como un llamado del destino, o como una curiosa casualidad. Los guitarristas que hoy admiramos, han sido aquellos que han atendido este llamado sin dudar. Los caminos han sido diversos, pero la confianza en sí mismos, y la certeza de que estaban en el camino correcto, han hecho la mitad del camino en sus vidas.

Esto me hace recordar el sabio proverbio “muévete y el camino aparecerá”.

El camino del músico, especialmente del guitarrista clásico, es un camino de mucha soledad. Se alternan largas horas de estudio con tensos momentos de conciertos, en los que en su mayoría, también se está solo. Es decir, se alterna la soledad entre cuatro paredes, con la extraña sensación de estar solo y ser observado. Pero en todo esto hay una magia. En algunas oportunidades la música simplemente fluye. Parece como si el instrumento y el solista, se convirtieran en uno solo. Es allí cuando la música acaricia a quien la toca como a quien la escucha. Y es, quizá, este momento el que nos hace buscar una y otra vez su repetición. Un gran maestro me decía “Yo lo llamo momento de gracia…pero no siempre ocurre”.

“…el instante más emotivo y más feliz para mí es ese momento de silencio que se produce antes de empezar a tocar. “

Narciso Yepes

Siempre he sentido curiosidad por lo que pasa por la mente de un músico cuando está en el escenario. Algunos dicen que su mente está centrada en repetir las notas que tocan, en visualizar la partitura, en su respiración, o quizá en detalles técnicos. Otros me han contado que su mente vaga hacia los lugares más diversos. Y algunos han sentido una conexión espiritual, o de unión con los oyentes y con todo lo que los rodeaba en ese momento.

Desde mi experiencia, el escenario es un ser vivo, al que vamos conociendo tan solo con la práctica. Es el instante en el que el miedo al error debe desaparecer, para dar paso a la música en todo su esplendor. Es un momento en el que simplemente se debe disfrutar aquello que aprendimos antes, y sentirlo. Cuando sentimos la música que tocamos, aquellos que la escuchan también son tocados por ese momento. Es el momento de la vida, es el instante irrepetible de darle a la música vida.

Yo soy consciente de que hay un diálogo mudo, una corriente mutua de energía que pasa de mí al público y del público a mí. Cuando se tiene el alma llena de fe y de amor, necesariamente se produce esa comunicación. No das notas, das… todo un mundo de evocaciones, de ideas, y de emociones que están entre las notas y en tu mente y en tu corazón y en las yemas de tus dedos. Das… tu vida interior…”

Narciso Yepes

Koyunbaba es una famosa obra del compositor italiano Carlo Domeniconi, interpretada por grandes solistas en el mundo entero. Curiosamente es una obra que logra una gran conexión emocional con la guitarrista noruega Christina Sandsengen. Hace algunos días tuve la suerte de acompañarla durante su primera visita a Venezuela con motivo de celebrar los cinco años de Guitarras del Mundo, pude escucharla interpretar esta compleja obra en vivo. Christina en el escenario es imponente, todo su cuerpo se dispone a cantar a través de la Guitarra, la cual es, según sus propias palabras, su voz natural. Frágil pero absolutamente solemne, Christina hace fluir la música. Al finalizar, cuando la guitarra ha quedado en total silencio. Mira al público y sonríe. Vuelve a ser pequeña, y en el silencio interior, rodeada de aplausos, se retira.

Christina es absolutamente cercana, sencilla y quizá tímida. Habla perfectamente el idioma español, aunque prefiere no hacerlo en los conciertos. Mantiene siempre muy cerca su guitarra, viaja con poco equipaje y disfruta del tiempo escuchando música o leyendo algún libro en su idioma noruego. Venezuela, sus paisajes y su gente, lograron llegarle al corazón.

Pude conocer cómo logró dedicarse enteramente a la Guitarra Clásica, la cual es actualmente su principal ocupación. Siempre tiene una palabra de aliento hacia aquellos que desean luchar por sus sueños. Y siente una gran conexión con aquellos que han sufrido una pérdida.

En su guitarra logró guardar el calor de nuestra gente, tanto, que regresó llevando en su maleta varios de los valses de Lauro, dejando la promesa de pronto regresar y tocarlos. Para todos fue un gran placer conocerla y tener el privilegio de escucharla en Venezuela.

La Guitarra es un mundo en sí misma. Muy cerca de ella vamos descubriendo caminos, y en estos caminos encontrando peregrinos que se convierten en aliados de nuestros sueños. Así, entre todos, nacemos y vivimos por y para la Guitarra.

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